
¿Nunca te ha invadido el abrumador deseo de gritar eufóricamente, bailar dando brincos por doquier y cantar a todo pulmón sin percatarte de los ojos clavados en ti? ¿De sonreír estúpidamente sin que te importe cuan tonto y absurdo puedes verte? ¿De ser quien eres sin miedo a las críticas y a los insultos? Dejando de lado esa libertad de expresión que solo el arte nos puede conceder, entre nuestras obras llenas de frustraciones, miedos, engaños y confusiones, para ser ríos constantes, canales de manifestación de nuestro verdadero ser.
Hay cosas que un simple papel no puede contenerlo, ni la voz del cantor, ni el instrumento del músico, cosas que deben de ser expresadas en nuestras miradas, nuestros gestos, acciones y nuestras opiniones.
Llega cierto punto en que uno se hostiga de las presiones, las responsabilidades, limitaciones y expectativas que la familia, los amigos y conocidos esperan de uno, para dar paso; sin reservas a la rebeldía, que pese a las decepciones que provoca, es imposible no dejarse invadir por el bienestar que produce el libre albedrío, atestiguando que solo nosotros disponemos de las herramientas y los derechos de controlar nuestras vidas e ir por los senderos que nuestro corazón nos guíe entre inaudibles susurros que tarde o temprano escuchamos.
Hay cosas que un simple papel no puede contenerlo, ni la voz del cantor, ni el instrumento del músico, cosas que deben de ser expresadas en nuestras miradas, nuestros gestos, acciones y nuestras opiniones.
Llega cierto punto en que uno se hostiga de las presiones, las responsabilidades, limitaciones y expectativas que la familia, los amigos y conocidos esperan de uno, para dar paso; sin reservas a la rebeldía, que pese a las decepciones que provoca, es imposible no dejarse invadir por el bienestar que produce el libre albedrío, atestiguando que solo nosotros disponemos de las herramientas y los derechos de controlar nuestras vidas e ir por los senderos que nuestro corazón nos guíe entre inaudibles susurros que tarde o temprano escuchamos.
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